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De Minaur y Sweeny: Historias opuestas en el US Open

Alex de Minaur salió de la Arthur Ashe con la mirada perdida. El marcador decía 6-4, 7-5, 6-2 para Botic van de Zandschulp, pero el golpe iba mucho más allá de una derrota en segunda ronda del US Open. Era el cierre de su peor temporada de grand slams en tres años y el aviso más serio de que su plaza en el top-10 puede esfumarse en cuestión de semanas.

Número 7 del mundo, cuartofinalista en Nueva York en las dos últimas ediciones, eliminado esta vez antes del fin de semana. El contraste no podría ser más brutal.

“Mi nivel hoy no fue lo suficientemente bueno. Es bastante sencillo”, admitió sin rodeos. Lo intentó por actitud, por competitividad, por intensidad. No por tenis. “Era uno de esos días en los que la sensación de la pelota en las cuerdas no estaba. Hice muchos errores, que no es mi estilo de juego normal”.

Lo que siguió fue una confesión cruda: cuanto más se encendía, cuanto más apretaba, más errores no forzados se acumulaban. “Un día duro en la oficina”, resumió.

Un derrumbe que venía avisando

El resultado sorprende solo sobre el papel. Van de Zandschulp, pegador pesado, llegaba con mejores sensaciones que un De Minaur que solo ha pasado de cuartos de final en un torneo desde febrero. El neerlandés ya sabía lo que era tumbar a un grande en este escenario: hace dos años eliminó a Carlos Alcaraz en la misma ronda. Lo que no había hecho nunca era ganarle a De Minaur, tras cuatro derrotas previas.

En 13 majors, el australiano solo había caído tan pronto en dos ocasiones. Este año, sin embargo, la tendencia se torció: cuartos de final en el Australian Open, pero tercera ronda en Roland-Garros y cuarta en Wimbledon, donde la derrota ante Flavio Cobolli le dejó roto. “No dar el paso en ese escenario me rompe por dentro”, confesó entonces. Desde ese día, la cuesta se ha hecho más empinada.

En Flushing Meadows, su talón de Aquiles volvió a ser el saque, ese golpe que cada vez se analiza con más lupa. Siete dobles faltas por solo cuatro aces, once bolas de break concedidas, cinco quiebres en contra. Demasiado lastre para sostener un partido de alto voltaje.

El momento clave llegó en el segundo set. Con un doble falta, se vio un set abajo y 4-3 para el neerlandés. Parecía el principio del fin. Un punto fortuito le dio un respiro: después de una defensa espectacular, un revés suyo tocó la cinta y se coló en pista rival para ponerlo 15-40. Remontó, igualó, se puso por delante. Parecía haber encontrado por fin una rendija.

La presión, sin embargo, le devoró en el 5-5. Salvó cuatro bolas de break, pero cedió en la quinta tras un punto en el que Van de Zandschulp, incluso, se disculpó: un golpe desviado quedó corto y obligó al australiano a ir a la red, donde el neerlandés encontró el passing de derecha. Había margen para hacer algo más. No lo hizo. Dos sets abajo, y un dato demoledor: jamás había remontado un 0-2 en 27 intentos.

Salió del vestuario dispuesto a cambiar el guion. Subió el ritmo, se animó, se habló a sí mismo. En el tercer juego, un derechazo largo le costó el servicio. En el siguiente, dispuso de dos bolas de break. Se esfumaron. Van de Zandschulp le rompió de nuevo poco después y, con ello, prácticamente selló la sentencia.

La imagen de De Minaur, atrapado en un bucle de frustración y errores, choca con la del jugador que a principios de 2026 parecía lanzado hacia la élite más estable. Ahora, con la defensa de los puntos de cuartos de final perdida y un solo gran resultado en ocho meses, su presencia en el top-10 entra en zona de riesgo.

El día de Sweeny: del anonimato al foco del US Open

Mientras el número 7 del mundo se despedía en silencio, otro australiano vivía la noche de su vida. Dane Sweeny, 170 centímetros de pura resistencia, número 123 del ranking, convirtió la pista en su escenario de presentación al gran público.

Ganó 3-6, 6-1, 6-2, 6-2 a Lorenzo Musetti, doble semifinalista de grand slam y top-20, en una de esas victorias que cambian carreras. Su primera victoria ante un rival de este calibre, su primera tercera ronda en un major, su irrupción definitiva.

Su única experiencia previa ante un jugador de ese nivel había sido una derrota clara ante Ben Shelton en la segunda ronda del último Australian Open. Esta vez, el guion fue otro. Tras ceder el primer set, apretó los dientes, subió metros, no dejó de pegar. Musetti, cada vez más encorvado, empezó a mostrar síntomas físicos alarmantes: problemas visibles, gestos de malestar, mirada perdida hacia la esquina de la pista. Se tomó un tiempo médico fuera de pista con 3-0 en contra en el tercer set. Volvió, amagó con reaccionar, pero Sweeny no aflojó ni un instante.

El italiano le regaló rupturas tempranas en los últimos parciales y el australiano, lejos de ponerse nervioso, olió sangre. Cada vez que Musetti recuperaba un break, lo devolvía al instante. El cuarto set siguió el mismo patrón: quiebre inicial, persecución eterna del italiano, y Sweeny corriendo, pegando y resistiendo como si su carrera dependiera de cada punto.

No es exagerado decir que, para él, era así.

De un parón por bajón a un premio de 400.000 dólares

Sweeny no llega a este escenario desde una trayectoria lineal. Hace menos de dos años decidió parar varios meses, hundido por una mala racha justo cuando sentía que rozaba el salto a la élite. Dudó. Se detuvo. Pensó si valía la pena seguir.

Hoy, con un billete asegurado de más de 400.000 dólares en premios y un ranking en vivo que ya le proyecta en el número 109, la respuesta es evidente. “Estoy muy agradecido de poder competir siquiera en grand slams”, explicó. Habló de una “montaña rusa” y de la importancia de seguir insistiendo cuando los resultados no llegan.

“Tennis puede cambiar en el giro de una moneda. Solo hay que perseverar, y eso hice. No estaba obteniendo resultados durante mucho tiempo, pero hay una ley de probabilidad. Sabía que de alguna forma iba a girar a mi favor si seguía, y seguí. Ahora estoy aquí, y fue la mejor decisión que tomé volver después de esos dos meses”.

Su presencia en el cuadro principal, además, nació de un golpe de suerte muy particular. Estaba previsto que jugara la clasificación, pero una serie de bajas permitió que Alexei Popyrin entrara directamente en el main draw. Eso activó el comodín recíproco de Tennis Australia, que pasó a manos de Sweeny. El resto lo hizo él.

Primero, su primera victoria en un grand slam fuera de Melbourne Park, cuando Corentin Moutet se retiró por lesión en el brazo mientras perdía 7-6 (7-4), 6-4, 3-0. Ahora, una victoria de impacto mundial. Su siguiente reto será otro italiano cabeza de serie, Luciano Darderi. Y ya no llegará como un desconocido.

Kyrgios, sanción, tratamiento y un viejo conflicto que asoma

Mientras uno se derrumba y otro despega, el nombre de Nick Kyrgios volvió a cruzarse en la jornada del tenis australiano. La International Tennis Integrity Agency anunció que el jugador aceptó una sanción de un mes por consumo de cocaína fuera de competición, reducida desde tres meses al comprometerse a entrar en un programa de tratamiento.

Kyrgios ya había pedido perdón el mes pasado a familia, amigos y aficionados por un “error enorme”, después de que se conociera su suspensión provisional. Admitió ante la ITIA que consumió cocaína socialmente en una salida nocturna antes de competir en Mallorca.

La sanción terminó oficialmente el jueves, condicionada a que complete el programa, y conlleva la pérdida del premio en metálico y los puntos de ranking obtenidos en el torneo mallorquín. Desde la distancia, Stefanos Tsitsipas, excompañero de dobles y rival con el que ha mantenido una relación tirante, reconoció tras su debut victorioso en el US Open que la noticia no le sorprendió y que ya estaba al tanto de la situación.

Más golpes australianos… esta vez en contra

El día dejó otra historia de casi sorpresa. Tristan Schoolkate, procedente de la fase previa, se apuntó el primer set ante el finalista de Roland-Garros, Flavio Cobolli, y amenazó con firmar otro bombazo. Acabó cediendo 3-6, 6-3, 6-4, 7-5 ante el quinto cabeza de serie, sin poder sostener la intensidad en los momentos decisivos.

Alexei Popyrin, por su parte, se despidió con la sensación de haber dejado escapar un partido que había empezado controlando. Ganó el primer set 6-2 ante el zurdo chileno Alejandro Tabilo, 25º cabeza de serie, pero terminó perdiendo 2-6, 7-6 (7-4), 7-6 (7-3), 6-2, desinflado física y anímicamente.

En un cuadro agitado por las sorpresas, también cayó el tercer cabeza de serie, Felix Auger-Aliassime, derrotado en cuatro sets por Karen Khachanov. En el lado opuesto, nombres grandes como Coco Gauff, Iga Swiatek, Taylor Fritz y Naomi Osaka cumplieron con el guion y avanzaron sin sobresaltos.

Un país, dos historias opuestas y una pregunta incómoda

El tenis australiano se marcha de esta jornada con una fotografía nítida: Alex de Minaur, su bandera en el top-10, fuera demasiado pronto y atrapado en una crisis de confianza; Dane Sweeny, el obrero del circuito, entrando por la puerta grande en la segunda semana de un grande.

Uno lucha por no perder el lugar que tanto le costó conquistar. El otro empieza, por fin, a vislumbrar el techo de una carrera que estuvo a punto de frenar para siempre.

La pregunta es inevitable: cuando el polvo de este US Open se asiente, ¿será recordado como el torneo que marcó un bache pasajero en la trayectoria de De Minaur o como el inicio de un cambio de jerarquías en el tenis australiano?