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De Minaur reconoce su bajo nivel en el US Open: "No fue suficiente"

Alex de Minaur salió de la pista con una explicación tan simple como contundente para su abrupta despedida del US Open. Nada de excusas, nada de rodeos. Solo una admisión cruda: no estuvo a la altura.

El australiano cayó en segunda ronda ante el neerlandés Botic van de Zandschulp por 6-4, 7-5, 6-2, en un partido en el que nunca pareció encontrar el pulso. Lo más llamativo: nunca había perdido con él en sus cuatro enfrentamientos anteriores. Esta vez, ni siquiera estuvo cerca.

Venía de ganar la víspera un primer partido retrasado ante el italiano Andrea Guerrieri, y el cuerpo le pasó factura. Las piernas parecían pesadas, la cabeza algo lenta, pero sobre todo falló lo que casi siempre le sostiene: el golpe de derecha.

Su derecha, normalmente un metrónomo de fiabilidad, se descompuso. De Minaur erró golpes francos, dejó escapar winners sencillos y mandó varias pelotas metros más allá de la línea de fondo. Una imagen extraña en un jugador que ha construido su carrera sobre la solidez y el orden.

Al terminar, habló sin adornos. “Mi nivel hoy no fue lo suficientemente bueno. Es bastante sencillo”, dijo, según AAP. No buscó coartadas. No culpó al calendario, ni a la pista, ni al rival.

“Me di todas las oportunidades siendo competitivo, con buena mentalidad, buena actitud, pero fue uno de esos días en los que simplemente la sensación de la pelota en las cuerdas no estaba”, admitió. “Estaba cometiendo muchos errores, que no es realmente mi estilo de juego. No puedo explicar la razón, pero sentía que cuanto más lo intentaba, cuanto más intensidad y más encendido estaba, más errores no forzados seguía cometiendo”.

El guion se volvió previsible: cada vez que el australiano veía un resquicio, van de Zandschulp respondía con tenis firme. “Cuando pasan esas cosas y en las pocas oportunidades que tienes él saca buen tenis, es una receta para un día duro en la oficina”, resumió.

Un bajón que ya no es un accidente aislado

La derrota en Nueva York no llega sola. Es el último capítulo de una racha preocupante en los grandes escenarios.

De Minaur se marchó en tercera ronda de Roland-Garros, en cuarta de Wimbledon, después de haber alcanzado por séptima vez en su carrera los cuartos de final de un Grand Slam en el Australian Open. Entre medias, varias salidas prematuras en torneos ATP han encendido las alarmas y han desatado un debate incómodo: ¿ha llegado la hora de un cambio en su equipo?

El nombre que aparece en el centro de esa discusión es el de Adolfo Gutierrez, su entrenador de toda la vida. Llevan casi dos décadas juntos, desde que el joven Alex se mudó a España con apenas nueve años. Una relación casi inusual en el circuito moderno, donde los cambios de entrenador son moneda corriente.

En la retransmisión de Nine, Jelena Dokic reconoció que no le sorprendían las voces que piden una ruptura, aunque puso en contexto lo que significa una sociedad tan larga en el tenis actual. “Solo Alex sabe lo que necesita… muchos jugadores cambian de entrenador rápido, sobre todo si sienten que los resultados no llegan”, apuntó. “Eso le corresponde a él, decidir qué quiere hacer. No olvidemos que Adolfo lo ha llevado a un punto altísimo en su carrera: al top 5 del mundo”.

La presión del perfeccionista

Más allá de la pizarra, Dokic puso el foco en algo menos visible: la cabeza de De Minaur. Su carácter obsesivo, su autoexigencia extrema, empiezan a dejar marcas.

Tras su eliminación en Wimbledon, el australiano rozó las lágrimas al hablar de sus problemas de forma. No era solo frustración por un mal día; parecía desgaste acumulado.

“Conocemos su mentalidad, sabemos qué perfeccionista es. Quiere llegar a la cima y quizá el hecho de no conseguirlo en los últimos dos años le ha afectado”, explicó Dokic. “Para él, las victorias se han convertido casi en un alivio y no tanto en satisfacción y alegría, y eso es duro. Las derrotas han sido casi cosas de fin del mundo. Ha sido muy, muy duro consigo mismo. Creo que tiene que darse una palmadita en la espalda y un poco más de crédito”.

El diagnóstico es claro: no basta con cambiar o no de entrenador, el enfoque general tiene que modificarse. “Lo que decida hacer con el coaching, la forma en que afronta las cosas y la mentalidad alrededor de eso va a tener que cambiar. Es muy difícil sostener este nivel de exigencia, esperar constantemente ganar. Eso ha sido un problema para él”, analizó.

Cuando la presión interna no se afloja, el riesgo es evidente. “Cuando sientes constantemente que tienes que ganar y llegar a la cima, y eso no está pasando como quieres, puedes empezar a perder motivación, te puedes venir muy abajo. Creo que eso es lo que ha pasado: ha perdido un poco ese ‘mojo’ de estar ahí fuera”, sentenció Dokic.

También deslizó otro punto clave: quizá toque revisar el calendario, bajar la carga de torneos y elegir mejor las batallas.

Entre la calma pública y el ruido de fondo

De Minaur, al menos de puertas afuera, se muestra sereno. No dramatiza, pese a que el contexto invita a la inquietud.

“Obviamente me habría encantado hacerlo mejor, como cualquier competidor, pero es lo que pasa en este deporte. Todo el mundo pierde partidos”, recordó. “Todos pierden partidos que les gustaría recuperar. Este es uno que me encantaría tener de vuelta, pero seguimos adelante y no es el fin del mundo”.

La frase suena a escudo, a intento de protegerse de una dinámica que amenaza con devorarlo. Porque los resultados recientes no encajan con el estatus de un jugador instalado en la élite y acostumbrado a ir, al menos, una ronda más lejos en los grandes torneos.

Mientras se abre el debate sobre su futuro inmediato —si habrá cambios en el banquillo, si ajustará su planificación, si rebajará la autoexigencia—, el torneo sigue sin él.

Su derrota deja a Dane Sweeny, que horas antes había sorprendido al italiano Lorenzo Musetti, cabeza de serie número 13, como el último australiano en pie en los cuadros individuales en Nueva York.

De Minaur, en cambio, se marcha con una sensación incómoda: la de que el problema ya no es un mal día aislado, sino un patrón que le exige decisiones valientes.