Dane Sweeny se despide entre dolor y frustración en el US Open
El sueño de Dane Sweeny en el US Open se apagó en silencio, con gesto torcido y mano a la cadera. El australiano cayó en tercera ronda ante el italiano Luciano Darderi, cabeza de serie número 21, por 6-4, 6-3, 6-3, y se marchó de Nueva York con una mezcla incómoda de orgullo y decepción.
No fue solo la derrota. Fue la sensación de no haberse podido probar de verdad.
Sweeny, que se quejó de molestias en la cadera durante el partido, nunca encontró el ritmo que lo había impulsado hasta la segunda semana virtual del torneo, ni la soltura que había mostrado en días anteriores. La derrota, clara en el marcador, dejó además a Australia sin representantes en individuales en la segunda semana del US Open por primera vez en cinco años.
La eliminación sorpresa de Alex de Minaur en segunda ronda ante Botic van de Zandschulp había convertido a Sweeny, casi sin querer, en el último bastión australiano en Flushing Meadows. El peso simbólico de ese rol contrastó con las sensaciones que el propio jugador describió tras el partido: un día en el que nada terminaba de encajar, en el que los errores “baratos” se acumulaban y la oportunidad de pelear de tú a tú se le escurría entre los dedos.
Quería una batalla. Acabó atrapado en un partido que se le escapó sin llegar a incendiarse.
De invitado de última hora a revelación del cuadro
El contexto hace que su campaña tenga un brillo especial. El número 123 del mundo ni siquiera tenía asegurado su lugar en el cuadro principal. Solo dos bajas de última hora abrieron la puerta para que Tennis Australia le reasignara el wildcard recíproco que inicialmente había ido a parar a Alexei Popyrin.
Con esa invitación casi improvisada, el jugador de Queensland, de 25 años, transformó su primera presencia en el cuadro principal del US Open en una actuación bisagra: por primera vez en su carrera alcanzó la tercera ronda de un Grand Slam.
El resultado de esta semana va mucho más allá del marcador final ante Darderi. Sweeny se marcha con un cheque de 402.500 dólares, una cifra que él mismo subraya como “cambiadora de vida” por lo que significa para su estructura profesional: más recursos para entrenadores, mejor equipo de trabajo, más margen para viajar y competir al máximo nivel.
En la clasificación también llega el premio. De forma provisional, escalará hasta el número 109 del ranking mundial. La barrera del top 100, ese umbral que separa a los habituales de los aspirantes, se asoma ya al final de la temporada. Si logra colarse entre los cien mejores antes de que termine el año, tendrá acceso directo al cuadro principal del Australian Open por primera vez en su carrera.
La meta está clara. La ruta, también: trabajar, mejorar, sostener la confianza y, como repite, aprender a ser más amable consigo mismo mientras recorre el camino. El torneo se acaba, pero la sensación de que algo se ha desbloqueado en su carrera permanece.
Golpe duro al sueño estadounidense
Mientras Sweeny recogía los restos de su campaña, otro relato se escribía en clave local: el del frenazo brusco a las aspiraciones estadounidenses en casa.
En la rama masculina, Taylor Fritz llegó a la tercera ronda impecable, sin haber cedido un solo set. Parecía encaminado a otra victoria rutinaria. Dominaba por dos mangas a cero. El público se acomodaba en la certeza de una tarde tranquila.
Entonces apareció Francisco Cerúndolo.
El argentino ajustó su tenis, encontró profundidad, empezó a mandar en los intercambios largos y giró el partido como si alguien hubiese cambiado el guion a mitad de función. Del 3-6, 4-6 inicial se pasó a un 6-3, 6-4, 6-4 que silenció a buena parte de la grada y dejó a Fritz fuera en la tercera ronda, su despedida más temprana en cuatro años tras haber sido finalista en 2024. Cerúndolo, en cambio, celebró su primera clasificación a octavos de final en Nueva York.
En el cuadro femenino, la herida fue igual de profunda.
Madison Keys, finalista en 2017, tenía el partido completamente bajo control. Ganó el primer set 6-1 y se colocó 5-0 arriba en el tercero. Todo apuntaba a una victoria cómoda, casi protocolaria. Pero Zheng Qinwen se negó a aceptar el guion.
La china inició una remontada que rozó lo imposible: encadenó siete juegos seguidos en el set definitivo para imponerse 1-6, 7-6 (7/3), 7-5. Al cerrar el partido, se desplomó sobre la pista, desbordada por la emoción, en un triunfo que llega en plena lucha por salir de un bache en su carrera.
Su recompensa no será menor: en la siguiente ronda la espera Iga Świątek, campeona en 2022 y ex número uno del mundo, que superó a Marie Bouzková por un doble 7-6 (7/3, 7/3) en un duelo apretado, resuelto al límite en ambos desempates.
Tampoco hubo consuelo en la figura de Amanda Anisimova. La décima cabeza de serie, finalista el año pasado, prolongó su temporada frustrante en los grandes torneos con una derrota por 6-2, 7-5 ante Anastasia Potapova. Sin ritmo, sin la chispa de otras campañas, se despidió antes de lo esperado.
Gauff sostiene la bandera
En medio de tanto tropiezo, una sola figura mantuvo encendida la ilusión local: Coco Gauff.
La campeona de 2023 respondió al ambiente enrarecido con una actuación sólida ante Cristina Bucșa, a la que derrotó 6-3, 6-4 en tercera ronda. Sin alardes, pero con autoridad, la estadounidense se consolidó como el gran faro del tenis local en esta edición.
Con Fritz, Keys y Anisimova fuera de escena, el peso emocional del torneo para la afición estadounidense se concentra ahora casi por completo en Gauff. Flushing Meadows ya sabe cómo suena el estadio cuando ella enciende la noche.
La pregunta es si, en una quincena llena de sorpresas y giros, podrá volver a arrastrar a todo un país hasta el último domingo.






