Coco Gauff y su transformación en el US Open
Hace un año, la imagen de Coco Gauff golpeando saques bajo la lluvia fina en las pistas de entrenamiento del US Open resumía mejor que cualquier estadística su crisis. Mojada, frustrada, buscando en bucles de vídeo y repeticiones sin fin una respuesta que no llegaba. El saque, ese golpe que debería darle control, la estaba traicionando.
Doce meses después, la escena ha cambiado por completo. Misma ciudad, mismo torneo, otra Coco. Con 22 años, la estadounidense arrancó su US Open con un triunfo sólido por 6-3 y 6-4 ante la turca Zeynep Sonmez, apoyada precisamente en lo que hace un año era su mayor tormento: el servicio.
De la lluvia al control
El primer juego del partido marcó el tono. Gauff fue a la línea de saque, lanzó la pelota al cielo y descargó un ace de 112 mph por el centro. Luego, un primer servicio que Sonmez ni rozó. Otro ace. Juego en menos de 90 segundos. Nada de dudas, nada de gestos al cielo buscando respuestas.
Desde ahí, la número cuatro del mundo gobernó el primer set con autoridad. Cada vez que metía el primer saque, el punto caía de su lado. Las cifras lo explican con crudeza: ganó el 93% de los puntos con primer servicio en esa manga inicial. Sonmez apenas podía poner la raqueta detrás de la pelota cuando la americana encontraba la zona.
Lo que hace un año era un acto de fe –“ojalá entre”– se ha convertido en un arma calculada. Gauff lo resumió con sencillez: ahora puede mirar atrás y ver “una gran diferencia” en ese golpe. Y se nota en cada gesto: en la rutina de botes, en la altura del lanzamiento, en la forma en que sale de la línea tras impactar.
La apuesta por Gavin MacMillan
El giro empezó justo antes del US Open pasado. A las puertas de su Grand Slam de casa, Gauff tomó una decisión incómoda y poco habitual a esas alturas del calendario: reordenar su equipo técnico e incorporar al biomecánico Gavin MacMillan, el especialista que ayudó a Aryna Sabalenka a salir de su propio laberinto con el saque.
No fue un retoque menor. Venía de encadenar una cantidad preocupante de dobles faltas en Cincinnati y entendió que no bastaba con pequeños ajustes. Cambió mecánicas, ritmos, referencias. Hacerlo justo antes de un torneo donde cada gesto se analiza al milímetro era casi un salto al vacío.
El riesgo se notó. En el US Open de 2023, Gauff se marchó en octavos, tensa, visiblemente afectada, con lágrimas en pista y un servicio bajo el microscopio. Sentía la presión de demostrar rápido que la apuesta por MacMillan tenía sentido. Y las primeras dos semanas no ofrecieron el resultado que todos esperaban.
Hoy el panorama es otro. El trabajo acumulado ha dado forma a un servicio mucho más fiable, aunque aún aparezcan dobles faltas de vez en cuando. El lanzamiento es más consistente, la pelota no se va tan adelante, la muñeca se mantiene más firme. Detalles técnicos que han construido una base sólida.
El título en Cincinnati hace unas semanas fue la confirmación. Los datos de ese torneo mostraron a una Gauff sacando más cerca de las líneas sin perder velocidad, un indicio claro de mejora en la precisión. La potencia sigue ahí; la puntería, ahora también.
El partido que antes habría perdido
Ante Sonmez, todo ese trabajo se vio en un tramo clave del segundo set. Gauff había roto de inicio para ponerse 1-0, pero su servicio perdió filo durante unos juegos. La turca se agarró al partido, igualó 2-2 y se creó tres bolas de break para escaparse 4-2. Ahí, hace un año, la historia solía torcerse.
Esta vez, no. Gauff se plantó en la línea y encontró primero un ace preciso abierto, luego un primer saque a 115 mph que Sonmez no pudo devolver. De la cuerda floja a la salvación en dos golpes. Fue un juego que sostuvo más que el marcador: sostuvo la narrativa de su nueva versión.
Ese juego valiente dio paso a un contraataque inmediato. En el siguiente turno al resto, Gauff rompió para 4-3 y ya no soltó el mando. Cerró el duelo con otro juego de saque que destiló confianza: tres primeros servicios inalcanzables, todos rozando las 120 mph, tres pelotas de partido encadenadas y un último intercambio breve que terminó de doblar a Sonmez.
La diferencia mental se percibe con claridad. Donde antes había miedo a fallar, ahora hay intención de hacer daño. Gauff lo explica con una frase que define bien el cambio: ya entra a la línea pensando en ir a por el ace o en golpear un saque que, probablemente, no volverá.
Un US Open con otro guion
El saque no es solo un golpe más en la hoja de estadísticas de Gauff. Es el cimiento sobre el que se construye su tenis agresivo, esa mezcla de potencia y elasticidad que la llevó a ser campeona de Grand Slam en dos ocasiones. Cuando ese cimiento se tambalea, todo su juego sufre. Cuando se asienta, el resto fluye.
En Nueva York, donde el ruido es constante y la atención sobre ella es frenética, llegar con esa sensación de control sobre el servicio cambia por completo el escenario. Ya no se trata de sobrevivir a sus propios fantasmas, sino de imponer su tenis desde el primer punto.
En segunda ronda le espera Paula Badosa o Daria Kasatkina, dos perfiles muy distintos que exigirán respuestas diferentes, pero con un denominador común: si la versión actual del saque de Gauff se mantiene, ambas tendrán que lidiar con una primera pelota que ha pasado de ser un problema interno a convertirse en una amenaza externa.
Hace un año, Coco Gauff se quedó empapada en las pistas de entrenamiento buscando una salida a su crisis. Hoy, bajo los focos de Flushing Meadows, la solución viaja a 110, 115, 120 millas por hora. Y ya no parece que vaya a detenerse pronto.






