Boulter se despide en el US Open: derrota ante Muchova
Boulter se despide entre el ruido y el aguacero: Muchova la barre del US Open
En el Billie Jean King National Tennis Center, todo estaba parado. Canchas anegadas, lluvia furiosa, partidos suspendidos. Solo dos estadios seguían vivos bajo techo. En uno de ellos, en el Louis Armstrong Stadium, Katie Boulter se quedó sin escondite.
Su temporada de Grand Slam terminó allí, bajo el estruendo de la lluvia y de un público inquieto, con una derrota durísima: 6-1, 6-0 ante la séptima cabeza de serie, Karolina Muchova, en la segunda ronda del US Open.
De la pista 17 al gran escenario… y al golpe de realidad
El plan inicial era otro. Boulter y Muchova debían jugar en la pista 17, después del duelo de primera ronda entre el joven Rafael Jodar y Yunchaokete Bu. Pero el aguacero cambió el guion. Con la lluvia deteniendo casi todo el torneo, el torneo las trasladó a uno de los grandes escenarios: Louis Armstrong Stadium.
El salto de contexto fue brutal. Y la diferencia de nivel, aún mayor.
Muchova, en modo gran favorita, desplegó todo su repertorio: golpes limpios, cambios de ritmo, juego de toda la pista. Mandó desde el primer peloteo, leyó cada bola, castigó cada duda. Boulter, en cambio, nunca encontró el pulso del partido. Ni el tiempo, ni los ángulos, ni el saque. Nada.
El marcador lo dijo todo: un set inicial por 6-1 que fue un aviso, y un 6-0 final que sonó a sentencia.
Ruido, techo y un día negro
Después, Boulter no buscó excusas, pero sí explicó el caos interno que sintió desde el inicio. El cambio repentino de pista, el techo cerrado, el murmullo constante del público, ese ruido ambiente tan característico del US Open, la sacaron de su zona de confort.
Reconoció que había “luchado con las condiciones”, con el techo, con el ruido. Que permitió que esos “pequeños detalles” la distrajeran. Y lo resumió con crudeza: fue “un mal día en la oficina”.
No es una jugadora que rehúya el ambiente. Al contrario. Le gusta la atmósfera, el ruido, el calor de las gradas. Lo dijo ella misma: suele disfrutar de esa energía. Por eso la sensación de verse superada por el entorno le resultó casi extraña, “anormal”.
Era la primera vez que competía en una de las grandes pistas de Nueva York. Apenas había entrenado una vez en Louis Armstrong. Entró esperando que, tras el calentamiento, el murmullo se apagara como en casi cualquier torneo grande. No ocurrió. Desde el primer punto, el ruido no bajó. Y su mente tuvo que improvisar sobre la marcha.
Mientras intentaba reajustarse, Muchova no le dio ni un respiro.
Un verano que lo cambió todo… y que se ha frenado
El contraste con el resto de su verano es llamativo. Boulter vive un año que ha cambiado su vida: en julio se casó con Alex de Minaur. En la pista, el arranque de temporada también había sido ilusionante. Sumó su cuarto título WTA en Ostrava y regresó al top 60, impulsada por una victoria brillante ante la número 2 del mundo, Elena Rybakina, en Queen’s.
Pero esa inercia se ha roto. Antes de su triunfo en primera ronda en Cincinnati el mes pasado, encadenó cinco derrotas seguidas, incluida una caída dolorosa en dos sets en la primera ronda de Wimbledon. La confianza, ese bien tan frágil en el tenis, se ha ido erosionando.
La paliza ante Muchova no ayuda. Es de esas derrotas que dejan marca, que obligan a mirarse al espejo y decidir si se convierten en un punto de inflexión o en otra losa.
Francesca Jones, la nota luminosa británica
Mientras Boulter digería el golpe, otra británica dio un paso enorme en su carrera. Francesca Jones, procedente de la fase previa, se metió por primera vez en la segunda ronda del US Open tras imponerse a Magda Linette, ex top 20, por 6-4, 1-6, 6-3.
Fue un partido áspero, lleno de altibajos, que exigió concentración y una resistencia mental feroz. El duelo empezó el martes, con una Jones inspirada que se llevó el primer set antes de que la lluvia obligara a suspender la jornada.
El miércoles, la historia se repitió: calentamiento, lluvia, interrupción. Cuando por fin pudieron jugar, Linette arrancó el segundo set a un nivel altísimo y se escapó con claridad. Jones tuvo que aguantar, ajustar y tirar de carácter. Ella misma habló de su “grit” del norte de Inglaterra, de aferrarse al partido y hacer lo que estuviera en su mano para resistir hasta que el encuentro se niveló.
Ese esfuerzo tiene más valor si se mira su año. Después de irrumpir en el top 100 la temporada pasada, ha pasado buena parte de este curso lesionada, incluida una conmoción cerebral fortuita. Solo desde julio ha encadenado semanas de entrenamiento estables, con resultados: dos títulos seguidos en torneos WTA 125 sobre tierra. Llegó al último grande del año en buena forma, pero aun así tuvo que superar tres rondas de clasificación.
El premio es grande: una de las victorias más importantes de su carrera, en el escenario más ruidoso del circuito.
Choinski, Fearnley y la gran sorpresa de Bu
No todo fueron alegrías para el tenis británico. Jan Choinski cayó por 6-3, 6-1, 7-6(5) ante Botic van de Zandschulp, incapaz de romper el patrón del partido hasta un tercer set más ajustado que se le escapó en el desempate.
Jacob Fearnley, repescado como lucky loser, tampoco pudo prolongar su aventura. Perdió 6-3, 6-3, 3-6, 6-3 frente al cabeza de serie número 27, Tomas Etcheverry, en un duelo en el que reaccionó tarde, con un buen tercer set que no bastó para forzar la épica.
El gran impacto del día llegó en la pista 17. Allí, el joven Rafael Jodar, de 19 años y uno de los nombres más comentados en la previa del torneo, fue barrido por Yunchaokete Bu: 6-2, 6-1, 6-1. Un correctivo severo para un jugador al que muchos miran como futuro protagonista del circuito.
En una jornada marcada por la lluvia, los techos cerrados y el ruido incesante, el US Open recordó su esencia: aquí no hay refugio seguro. Ni para las favoritas emergentes, ni para las promesas, ni para quienes llegan en el mejor momento de su vida personal. La pregunta es quién sabrá convertir este caos en impulso para lo que queda de temporada.






