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Ben Shelton derrota a Carlos Alcaraz en un épico maratón en el US Open

Ben Shelton ya no es solo la gran esperanza del tenis estadounidense. En la madrugada neoyorquina, ante un Arthur Ashe Stadium encendido hasta las 3 de la mañana, el zurdo de 23 años derribó a un dos veces campeón del torneo y vigente defensor del título: Carlos Alcaraz. Lo hizo en un partido que ya se instala entre los clásicos recientes del US Open: 6-7 (5-7), 6-1, 6-3, 1-6 y 7-6 (10-6), después de cuatro horas y 28 minutos de un pulso feroz.

La noche, en realidad, empezó del lado del español. Sembrado número 3 en su regreso tras cuatro meses de baja por lesión, Alcaraz entró con la autoridad de quien ya sabe lo que es mandar en Nueva York. Se llevó el primer set en el tie-break, más fino en los puntos importantes, más acostumbrado a caminar por el alambre.

Shelton no se encogió. Todo lo contrario. Empujado por una grada que rugía con cada saque y cada latigazo de derecha, el estadounidense, octavo cabeza de serie y mejor clasificado de su país en este último Grand Slam del año, cambió el guion. Ajustó, apretó, y forzó a Alcaraz a un territorio incómodo: la sucesión de errores no forzados.

El resultado fue un vendaval. 6-1 en el segundo set, 6-3 en el tercero. El público, ya completamente volcado con el local pese al enorme cariño que despierta el español, olía la sorpresa. Cada punto ganado por Shelton sonaba a declaración de independencia tenística.

Pero con Alcaraz nunca se puede dar nada por cerrado. El murciano, siete veces campeón de Grand Slam a sus 23 años, respondió como lo que es: un competidor de élite. Subió una marcha, recuperó profundidad y agresividad, y devolvió el golpe con un contundente 6-1 en el cuarto set. El partido, otra vez, se partía en dos. El estadio, dividido entre la incredulidad y el puro disfrute.

El quinto set fue otra historia. Más áspera, más nerviosa, más humana. Alcaraz, que ya había mostrado síntomas de desgaste, llegó a un descanso con evidentes problemas físicos y pareció vomitar en su toalla. Aun así, se negó a soltar la cuerda. Siguió corriendo, siguió buscando ángulos imposibles, siguió forzando a Shelton a ganar el partido tres y cuatro veces.

El estadounidense, sin embargo, no se desmoronó. Mantuvo el pulso, sostuvo su servicio en momentos críticos y se aferró al apoyo de un público que no se movió de sus asientos a pesar de la hora. Cada “USA” bajaba como una oleada desde las gradas. Shelton lo reconoció después, todavía sobre la pista, al agradecer a sus entrenadores, a su familia, a sus amigos y a “la ciudad de New York que se quedó hasta las 3 de la mañana”.

La tensión se resolvió donde se resuelven los grandes dramas modernos del tenis: en el super tie-break del quinto. Allí, Shelton mostró una frialdad impropia de su edad. Golpeó primero, se escapó en el marcador, y cuando Alcaraz intentó una última remontada, respondió con valentía. 10-6. Partido, explosión de ruido, brazos al cielo.

Alcaraz, derrotado pero entero, todavía dejó destellos de su carácter competitivo hasta el último punto. No le alcanzó esta vez. No hubo otra remontada heroica. Al final, se acercó a la red, compartió sonrisas, palabras de ánimo y un largo abrazo con el hombre que acababa de echarlo del torneo donde quería defender su corona.

Shelton, que definió el duelo como “una guerra, un partido épico, tan físico”, no ahorró elogios para su rival, al que ya considera “uno de los grandes campeones de nuestro deporte” pese a su juventud. También confesó que había sido “el partido más disfrutable” de su carrera. Y se le creyó. Se le veía en la cara.

El premio es enorme: un cruce en semifinales ante Frances Tiafoe y la certeza de que, pase lo que pase, habrá un estadounidense en la final del US Open por primera vez desde 2003. Para Shelton, que insiste en que Arthur Ashe es “el mejor estadio del mundo” y que New York es “la mejor ciudad deportiva del mundo”, la historia ya ha comenzado.

La pregunta es cuánto más grande puede hacerse. Y cuántas noches como esta le quedan por regalar a Nueva York.