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Arthur Ashe y el futuro del tenis afroamericano

NUEVA YORK — Basta mirar el letrero gigantesco en la fachada del estadio de tenis más grande del mundo, en el USTA Billie Jean King National Tennis Center, para entender el peso de un nombre: Arthur Ashe. No es solo un homenaje. Es una declaración. Ese nombre recuerda a un hombre que rompió techos de cristal y se aseguró de que nadie pudiera volver a repararlos.

Ashe quiso que la siguiente generación, en especial los jóvenes afroamericanos, encontrara un lugar en el deporte que amaba. El viernes por la noche, cuando Frances Tiafoe y Ben Shelton crucen la puerta del Arthur Ashe Stadium para disputar la segunda semifinal del US Open, esa visión cobrará una nueva forma. No será solo un partido. Será un punto de inflexión.

El ganador será el primer tenista afroamericano en alcanzar la final individual del US Open desde el propio Ashe en 1972, y el primero en llegar a una final de Grand Slam desde MaliVai Washington en Wimbledon 1996. Pase lo que pase, el ranking también contará la historia: Shelton terminará el torneo como número 4 del mundo; Tiafoe, al menos número 8, podría subir hasta el cuarto puesto si levanta el trofeo el domingo.

MaliVai Washington, protagonista de aquella histórica final en la hierba londinense, no duda de la dimensión del momento. Asegura que, si uno de los dos se corona en Nueva York, estaríamos ante “la mayor historia deportiva del año, y seguramente de la década”. Para él, el ascenso de Shelton y Tiafoe certifica que el tenis avanza en la dirección correcta y que ambos encarnan lo que puede llegar a ser el tenis estadounidense.

Y no será un espectáculo menor. Washington está convencido de que esta semifinal y la final del domingo se convertirán en dos de los partidos más vistos en mucho, mucho tiempo.

Un espejo para una nueva generación

Coco Gauff, campeona del US Open 2023 y eliminada en semifinales este año ante Elena Rybakina, conoce bien lo que significa la representación. Creció bajo la sombra de nombres como Althea Gibson y las hermanas Williams. Ahora observa lo que está a punto de ocurrir en el cuadro masculino con una mezcla de sorpresa y orgullo.

Confesó que le impactó ver a Shelton y Tiafoe peleando por su primera final de Grand Slam. En el circuito masculino, ni siquiera imaginaba vivir un escenario así: una semifinal íntegramente afroamericana. Para alguien de su generación, acostumbrada a ver otros rostros en las rondas finales, la imagen es poderosa. Gauff respeta profundamente a ambos y solo pide una cosa: un gran partido. Después, que el ganador “lo remate” y se lleve el título.

La sensación es clara: la presencia simultánea de Tiafoe, Shelton y la propia Gauff en las últimas rondas del torneo no es una casualidad aislada. Es una fotografía de un cambio que llevaba demasiado tiempo pendiente.

El eco de Ashe y una espera demasiado larga

Ni siquiera Arthur Ashe, que conquistó el US Open en 1968, el Australian Open en 1970 y Wimbledon en 1975, imaginaba que la espera sería tan prolongada. Cuando se retiró en 1980 por problemas cardíacos, creía que el relevo afroamericano en la élite estaba a la vuelta de la esquina.

A finales de los 80, en una entrevista con el Los Angeles Times, apuntó que el tenis necesitaba “un Yannick Noah estadounidense”: alguien con carisma, con tenis agresivo, con presencia, con ese tipo de magnetismo que asociaba a figuras como Julius Erving. Ashe, siempre exigente consigo mismo, incluso dudaba de si había sido el modelo ideal. Soñaba con un jugador que mezclara talento, espectáculo y conducta ejemplar.

Ese relevo tardó mucho más de lo previsto. Hubo que esperar hasta la carrera de MaliVai Washington y su irrupción en Wimbledon 1996 para intuir que el testigo de Ashe seguía vivo. Poco después, el foco se desplazó con fuerza hacia las mujeres: Venus Williams se hizo profesional en 1994 y llegó a la final del US Open en 1997; Serena Williams, profesional desde 1995, no tardó en convertir los grandes escenarios en su territorio natural.

Washington perdió aquella final de Wimbledon ante Richard Krajicek por 6–3, 6–4, 6–3. Lo recuerda sin dramatismo, pero con claridad sobre lo que viene ahora. Para él, lo del viernes no basta por sí solo. No cree que un solo partido, una sola final, ni siquiera un momento tan potente como este, vaya a desencadenar de golpe una avalancha de nuevos jugadores afroamericanos en el circuito.

Su argumento es contundente: para llegar al circuito profesional se necesita un proceso de unos 15 años. Sin una estructura sólida que acompañe, forme y sostenga a los jóvenes durante todo ese recorrido, no habrá un aumento real de presencia, por mucha inspiración que generen Tiafoe y Shelton.

Inspiración, sí. Pero también infraestructura

Hoy, con 57 años, Washington insiste en que fabricar campeones exige mucho más que talento precoz. Hay que trabajar desde la base: etapas júnior, universidad, primeros pasos profesionales. Habla de disciplina constante, de años de esfuerzo sin garantías.

Aun así, reconoce el enorme valor simbólico de esta semifinal. Sabe que el impacto no se limitará a los niños afroamericanos. También alcanzará a chicos blancos, hispanos, asiáticos, nativos. Cualquiera que encienda la televisión, vea a Tiafoe y Shelton bajo los focos del Arthur Ashe Stadium y piense: “Yo también quiero probar”.

La propia historia de Washington se cruza con la de la nueva generación. Empezó a jugar a los 5 años, entró en el circuito en 1989 y firmó su primera gran sorpresa al derrotar al número 2 del mundo, Ivan Lendl, en el Volvo International. En la siguiente ronda perdió en tres sets ante Bryan Shelton, padre de Ben. Tres décadas después, el apellido Shelton vuelve a aparecer en la escena grande, esta vez en la raqueta del hijo.

Frances Tiafoe conoce de primera mano lo difícil que es encontrar una puerta de entrada. Creció lejos de los grandes clubes privados y pulió su juego en el Junior Tennis Champions Center de College Park, Maryland. Su consejo a los jóvenes es directo: buscar un club local que les dé una oportunidad, entrar con hambre, obsesionarse con el deporte. El tenis, recuerda, es pura repetición. Horas y horas de golpes. Sin amor por el juego, no hay forma de aguantar.

Martin Blackman, director ejecutivo del Junior Tennis Champions Center y exresponsable de identificación de talento en la United States Tennis Association, pone el acento en la estructura. Para él, la clave es recuperar y reforzar el modelo previo a la pandemia de 2020, cuando se organizaban campamentos locales, regionales y nacionales para detectar y formar a niños desde edades tempranas, asegurando que a los 12 o 13 años tuvieran unos fundamentos sólidos.

Blackman ve la semifinal del viernes como un auténtico parteaguas. Dos jugadores carismáticos, dos embajadores impecables del deporte, capaces de inspirar a miles de niños a coger una raqueta. Un momento que, si se acompaña con trabajo de base, puede cambiar la demografía del tenis estadounidense durante años.

Washington, que llegó a ser número 11 del mundo y ganó cuatro títulos individuales, remarca la otra cara de la moneda: puedes trabajar duro durante años y aun así no tener garantizado el salto al profesionalismo. Hace falta estructura, pasión y una constancia feroz. Solo así un joven jugador puede darse “la mejor oportunidad posible”.

“Solo hace falta uno”

Taylor Townsend, que acaba de completar el Grand Slam de su carrera en dobles tras conquistar el US Open junto a Katerina Siniakova, mira este momento con una convicción sencilla: “Solo hace falta uno”. Un referente visible que demuestre que es posible. Que abra camino.

Townsend insiste en que, cuando no ves a alguien como tú triunfar, es más difícil creer. No imposible, pero sí más cuesta arriba. Hace falta un tipo especial de carácter para decidir que vas a abrir esa senda a machetazos, para ti y para los que vienen detrás.

Por eso se declara orgullosa de poder encender la televisión y ver a Frances Tiafoe y Ben Shelton disputándose un billete a la final de un Grand Slam. Sabe que una de esas dos historias se estirará un paso más. Y le parece “algo hermoso”. Nombra a Robin Montgomery, se incluye a sí misma, recuerda a Coco Gauff. Para ella, este US Open ha sido fenomenal para los jugadores de color, una demostración en directo de que sí, es posible.

Quizá el tenis debería volver a escuchar a Arthur Ashe. Aquel hombre que se adelantó a su tiempo y que, preguntado por el futuro del deporte, respondió con una frase que hoy resuena con fuerza en Flushing Meadows.

“Para algunas personas, el futuro es el año que viene”, dijo. “Para mí, es esta tarde”.

Esta vez, esa tarde tiene nombre, horario y escenario. Y dos jugadores listos para demostrar que el futuro que imaginó Ashe, por fin, ha pisado la pista central.