Arjun Menon: La búsqueda de justicia tras su asesinato en Malawi
En el salón de su casa en Melbourne, Prema Menon no ve al seleccionador nacional de críquet de Malawi del que hablaban los titulares. Ve al chico de Neptune Court, al hermano mayor que hacía de “niño cool” en los pasillos del piso familiar y que le enseñó, sin grandes discursos, una regla que terminó marcándolo todo: nunca pegar hacia abajo.
Arjun Menon murió a los 48 años, asesinado en su casa de Blantyre, la segunda ciudad más grande de Malawi. Más de un año después, su familia sigue esperando algo tan básico como una respuesta.
Una llamada que lo rompió todo
Era un domingo por la mañana de mayo de 2025 en Singapur. Prema, de 42 años, estaba de visita en su país natal. Iba en coche con sus padres y su hermana menor camino a ver una casa. Un timbre, un número desconocido, un gesto casi automático: dejar sonar.
Pero el teléfono no se rendía. Volvió a sonar. Y otra vez.
La hermana menor contestó. Al otro lado, los gritos de la esposa de Arjun: estaba muerto.
El entrenador de la selección nacional de críquet de Malawi había sido atacado en su vivienda de Blantyre alrededor de las 2 de la madrugada. Le robaron el coche y la cartera. Los agresores siguen sin nombre.
Para Prema, lo que vino después fue una secuencia a cámara lenta. Recordó una frase de su padre: la peor maldición es enterrar a un hijo. Todo su pensamiento se redujo a eso.
“¿Qué voy a hacer? Mis padres han perdido a su hijo. ¿Cómo se vuelve de algo así?”, se preguntó.
Un hermano, tres continentes
Los Menon crecieron juntos en Neptune Court, en Singapur. Arjun, el mayor de tres, era el centro de gravedad. Después, la vida los dispersó como satélites.
Prema se instaló en Australia. Su hermana menor se quedó en Singapur. Arjun eligió África. En 2020 se mudó a Malawi con una idea fija: ayudar a levantar el críquet en un país donde casi todo está por hacer. Allí trabajó como head of cricket operations en Cricket Malawi y terminó al frente de la selección nacional.
Hablaba casi a diario con su padre. Nunca mencionó sentirse amenazado. Nunca habló de miedo. “Era muy querido en la comunidad”, repite la familia. Por eso su padre está convencido de que quienes lo atacaron eran desconocidos.
Viaje a un duelo sin respuestas
En cuanto pudo, Prema preparó el viaje a Malawi, un país sin salida al mar en el sureste de África, a unas 18 horas de vuelo desde Singapur. Llegó para enterrarlo y, sobre todo, para intentar entender qué había pasado.
Se quedó unos diez días. Sin contactos ni conocimiento del sistema local, la familia decidió que el presidente de Cricket Malawi fuera su enlace con la policía. Las noticias, sin embargo, se congelaron en una frase que se repitió durante meses: “Seguimos investigando”.
La familia pidió ayuda al Ministerio de Asuntos Exteriores de Singapur (MFA). Pero Singapur no tiene representación diplomática en Malawi. La embajada más cercana está en Sudáfrica. El margen de actuación es limitado: el MFA puede contactar con las autoridades locales y facilitar, por ejemplo, una lista de funerarias. No puede investigar una muerte, ni presentar denuncias en nombre de la familia, ni ofrecer asesoría legal.
Prema también acudió a la policía de Singapur y a varios miembros del Parlamento. La Singapore Police Force explicó que había contactado con las autoridades de Malawi y que estaba dispuesta a prestar la ayuda posible dentro de la ley singapurense si recibía una petición formal desde ese país. Hasta el 31 de agosto, no había llegado ninguna.
La policía de Malawi no respondió a las preguntas enviadas por la cadena CNA pese a varios recordatorios. El MFA declinó hacer comentarios.
Progreso a cuentagotas
El tiempo no dio tregua. En diciembre, seis meses después del asesinato de Arjun, murió la madre de los Menon. Prema se detuvo. Hizo una pausa en la búsqueda. No había fuerzas para todo.
Reanudó la presión en julio. Empezó a llamar directamente a los agentes en Malawi. Uno de ellos le dijo que ya había enviado un informe a la embajada meses atrás. Cuando finalmente recibió el documento a través del MFA, descubrió que se había remitido el 31 de julio, después de su llamada.
El informe no traía nada nuevo. Solo una frase conocida: la policía seguía investigando.
En agosto, por fin, un pequeño avance. Un nuevo investigador le explicó que habían revisado imágenes de cámaras de seguridad y registros de llamadas. Nada. Ninguna pista útil.
La información era mínima, pero al menos confirmaba que el caso no estaba archivado. Para una familia que teme que todo se enfríe en silencio, ese matiz importa.
Prema subraya que la familia se identificó ante la policía de Malawi a través del MFA. Aun así, la mayoría de las actualizaciones llegaron porque ella insistió una y otra vez, no porque la policía tomara la iniciativa de informarles.
También admite que navegar el sistema de otro país, sin contactos y a distancia, ha sido un laberinto. No siempre está claro a qué departamento acudir, a qué oficina llamar.
“Necesitamos ayuda. Falta algo para llegar al siguiente paso, y no creo que un ciudadano particular pueda hacerlo solo”, resume.
El duelo, la rabia y un vacío institucional
Desde julio, Prema ha empezado a contar públicamente su búsqueda en Instagram. No solo para pedir justicia, también para señalar un problema que, a su juicio, va más allá de su familia.
“Ahora mismo, si tienes la mala suerte de perder a alguien en un país sin embajada de Singapur, te las apañas sobre la marcha: llamadas, correos, prueba y error”, explica. Es exactamente lo que ella ha hecho.
Con más singapurenses viviendo y trabajando en destinos alejados de las rutas diplomáticas habituales, Prema teme que su historia se repita. No culpa a una persona concreta. Habla de un hueco en los sistemas actuales, diseñados para otro tipo de movilidad, otra geografía.
Su cuenta en redes también se ha convertido en un espacio para procesar el dolor. No solo el de perder a su hermano, sino el de perder el futuro que imaginaba con él.
“Él estaba desde el principio. Es tu primer amigo, tu hermano. Es muy distinto a perder a tu madre. Perder a un hermano es como perder una parte del cuerpo. Ya no está”, dice.
El legado de Arjun, más allá del campo
Desde que empezó a publicar, su bandeja de entrada se ha llenado. Mensajes de antiguos compañeros, jugadores, amigos. Algunos envían notas de voz de cinco minutos. Otros le cuentan, con detalle, cómo les cambió la vida cruzarse con Arjun.
A finales de agosto, sus amigos organizaron un torneo benéfico de críquet y fútbol en el Singapore Cricket Club en su memoria. Hasta la tarde del 14 de septiembre se habían recaudado más de 13.000 dólares singapurenses en la plataforma Give.Asia.
La mayor parte de los fondos se destinará al orfanato Maoni Orphanage, en Malawi, y al Vivekananda Cultural Centre, en Singapur. Dos lugares que enlazan las dos orillas de la vida de Arjun.
En casa, la familia se aferra también a su fe. “Los hindúes creemos que cuando tu tiempo se cumple, cuando tu propósito en este mundo termina, te llaman de vuelta”, explica Prema. A veces le reconforta esa idea. Otras, cuando escucha las historias sobre su hermano, le cuesta aceptarla. “Siento que tenía mucho más por hacer”, admite. Arjun le había dicho a su padre que soñaba con comprar una granja para su jubilación.
En el plano deportivo, muchos lo recordarán por los números. Jugó con la selección de Singapur y la llevó como entrenador al oro en los Juegos SEA de 2017. Pero para su hermana, su verdadero legado está en otra parte: en cómo amaba, en la intensidad con la que sentía, en su empeño por ser amigo de todos y no humillar nunca a nadie.
Una última deuda
Prema tiene una última esperanza. Que el país al que su hermano entregó sus últimos años le devuelva, de alguna forma, ese cariño.
“Por mucho que Arjun amó Malawi, espero que algo de ese amor vuelva. Que su muerte quede sin respuesta en un país al que quiso tanto me parece una forma muy triste de terminar las cosas”, dice.
La investigación sigue abierta, según las escasas comunicaciones oficiales. No hay detenidos. No hay sospechosos públicos. No hay relato claro de lo que ocurrió aquella noche en Blantyre.
Mientras tanto, en Melbourne, en Singapur, en los campos de críquet donde aún se pronuncia su nombre, la pregunta persiste. ¿Quién mató a Arjun Menon y cuánto tiempo más tendrá que esperar su familia para dejar de vivir en ese silencio?






