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Andy Ruiz Jr: De campeón a la búsqueda del renacer en el boxeo pesado

Hace siete años, Andy Ruiz Jr cruzó el umbral de la historia en Madison Square Garden. Un reemplazo de cinco semanas, un underdog 11-1, el hombre al que muchos ni siquiera leían en la letra pequeña del cartel. En siete asaltos borró el aura de invencible de Anthony Joshua y se convirtió en el primer campeón mundial de los pesos pesados de ascendencia mexicana. Cuatro caídas sobre Joshua, un árbitro que por fin detuvo el castigo y un apodo inmediato: el “Rocky mexicano.

La vida cambió de golpe. Imperial, su polvorienta ciudad natal en el sur de California, lo elevó a héroe de frontera. Noches de televisión, una visita al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, un contrato de revancha por 10 millones de dólares. Dinero, autos, fama, mujeres. Todo llegó de una sola vez.

Seis meses después, todo se había ido.

Del trono al vacío

En Diriyah, en pleno desierto saudí, Ruiz entregó los cinturones de la WBA, IBF y WBO con una actuación tan apagada como el paisaje de fondo. Llegó 15 libras más pesado que en la primera pelea, tras tres meses de fiestas y un campamento de entrenamiento recortado por él mismo. Joshua boxeó, sumó puntos, recuperó su corona. En la conferencia de prensa de las 3 de la madrugada, el ex campeón, con el rostro marcado, admitió lo que el mundo había visto: exceso de confianza, falta de disciplina, una revancha que nunca se tomó en serio.

Su reinado duró 190 días. Lo justo para inscribir su nombre junto a Buster Douglas, Leon Spinks y James J Braddock en el club de los campeones efímeros de los pesos pesados.

Desde entonces, más de seis años se han ido con apenas tres peleas, lesiones, altibajos de peso y una sucesión de falsos arranques que hicieron que aquella noche en Nueva York pareciera un recuerdo de otra vida.

Última campaña hacia la cima

Este viernes, en el Prudential Center de Newark, a apenas 16 kilómetros de ese Madison Square Garden que lo lanzó al estrellato, Ruiz arranca lo que presenta como su última gran campaña hacia la cumbre del peso pesado. Se medirá a Damian Knyba, un gigante de 1,99m, en un combate a 12 asaltos sin título en juego. Es su primera aparición desde el empate mayoritario ante Jarrell Miller hace más de dos años y el primer capítulo de un contrato de tres peleas con la promotora de Eddie Hearn.

Hubo un tiempo en que una segunda coronación parecía un camino mucho más corto. Incluso tras perder los cinturones con Joshua, Ruiz, con 30 años, seguía siendo uno de los talentos ofensivos más naturales de la división: manos rapidísimas, combinaciones cegadoras, una facilidad para soltar golpes que desmentía su figura blanda. Era la misma paradoja que arrastraba desde niño, cuando rivales confiados subían al ring contra “el gordito” y se encontraban con una velocidad de manos y una inteligencia boxística que ya destacaban en el campo amateur.

Hoy, a punto de cumplir 37, el margen de error se ha reducido al mínimo.

El regreso de Manny Robles

En su esquina vuelve a estar Manny Robles, el entrenador de 54 años que lo guió en las dos peleas contra Joshua y que había quedado al margen tras el desastre de la revancha. Después, Ruiz pasó por las manos de Eddy Reynoso para su regreso de 2021 ante Chris Arreola y por Alfredo Osuna para la victoria sobre Luis Ortiz en 2022. Para cuando reapareció ante Miller en 2024, confesaba que prácticamente se estaba entrenando solo, “a medias”, con “un pie dentro del agua y otro fuera”.

La reconciliación con Robles no nació en un gimnasio, sino con piñas coladas en Tulum. De vacaciones con su pareja, Ruiz miró el panorama del peso pesado sin él y, algo entonado, decidió tragarse el orgullo. Le escribió un mensaje por Instagram a Robles para pedirle que volviera a entrenarlo. La respuesta fue casi inmediata: sí, pero con condiciones. Escuchar, concentrarse, darle “el 120%” de su tiempo y dedicación.

“Estoy feliz de haberme reunido con Manny Robles”, dijo Ruiz el miércoles en Newark. “Antes, con las otras peleas y los otros rivales que tuve, no estaba haciendo las cosas correctas que debía hacer. Él como que me despertó, y por eso estamos aquí ahora”.

La reunión con Robles es hoy el argumento más sólido de que este intento no es otro arranque a medias. El propio entrenador lo resume con un dato clave: no han hecho un campamento tradicional, han pasado prácticamente todo el año juntos en el gimnasio. “Esto no empezó hace dos o tres meses”, explicó. “Ha sido todo el año y ha sido genial llegar a este punto. Puedo decir que tengo de vuelta al viejo Andy, y está en gran forma mental, física y espiritualmente. Está en un buen lugar”.

El pesaje del jueves dio algo de respaldo a ese discurso. Ruiz marcó 254,3 libras, su peso más bajo desde una victoria en 2018 ante Kevin Johnson y 29,4 libras por debajo del máximo de su carrera, las 283,7 con las que subió al ring en la revancha con Joshua. Knyba detuvo la báscula en 255,5 libras. Apenas una libra de diferencia entre dos cuerpos separados por 15 centímetros de altura.

Cuerpo castigado, tiempo perdido

El camino de vuelta no ha sido solo mental. Las lesiones han ido marcando el calendario. En 2021 pasó por el quirófano por un problema en la rodilla derecha. En 2023, por un desgarro en el manguito rotador. En la pelea con Miller se fracturó la mano derecha y, pese a ello, terminó los 12 asaltos. Primero intentó evitar otra operación, pero finalmente tuvo que pasar de nuevo por la mesa, un contratiempo más que estiró su ausencia hasta los 762 días que se cortan este viernes.

Entre rehabilitaciones, Ruiz bajó el ritmo. Se dedicó a sus cinco hijos, trabajó en desarrollos inmobiliarios junto a su padre, mexicano, contratista y el hombre que lo llevó al boxeo a los cinco años para canalizar una energía inagotable, cruzando la frontera durante años para entrenar en gimnasios de Mexicali. Empezó a ir a la iglesia. Con unos 17 millones de dólares ganados solo en las dos peleas con Joshua, la urgencia económica no existía. Pero llegó un momento en el que, como él mismo dice, se “cansó de estar cansado” y se “aburrió de estar aburrido”.

El reloj del peso pesado, sin embargo, le ha jugado a favor.

Una división rota y llena de puertas

El trono absoluto de los pesos pesados tardó un cuarto de siglo en volver a tener dueño tras Lennox Lewis. Oleksandr Usyk lo logró en mayo de 2024 al unificar los cuatro grandes cinturones ante Tyson Fury. Dos años después, el mapa se ha vuelto a fragmentar.

Con Usyk, de 39 años, renunciando a sus títulos restantes en junio, los cinturones han quedado repartidos: Murat Gassiev ostenta el de la WBA, Agit Kabayel el de la WBC, Filip Hrgović el de la IBF y Daniel Dubois el de la WBO. Un tablero disperso, pero lleno de caminos potenciales para un ex campeón con nombre reconocido y una de las victorias más resonantes de la última década.

Una victoria este viernes puede colocar de nuevo a Ruiz en la conversación de título. Incluso un tercer combate con Joshua, que hace poco parecía un sueño lejano, podría entrar en la ecuación después del esperado duelo del británico con Fury en noviembre. Su reciente tema musical de “diss”, en el que menciona a media docena de pesos pesados, deja claro que ambición no le falta.

Eddie Hearn, de víctima a socio

Hay una vuelta de guion que completa el círculo. En 2019 fue el propio Ruiz quien escribió a Eddie Hearn para suplicar la oportunidad de reemplazar a Jarrell Miller, apartado por dar positivo en sustancias prohibidas antes de enfrentar a Joshua. Aquel mensaje cambió los planes de la promotora y del propio Joshua.

Ahora, tras escuchar ofertas de otros lados, Ruiz firma precisamente con el hombre cuyos meticulosos planes de peso pesado hizo trizas en Nueva York.

Hearn no esconde el cálculo comercial. “Es una decisión de negocio”, ha dicho sobre el acuerdo con Matchroom. Confía en que la velocidad de manos, la pegada y la resistencia que convirtieron a Ruiz en una pesadilla improbable para Joshua siguen ahí, y que su historia y su origen le dan un techo de taquilla que pocos pesos pesados actuales pueden igualar. “Si hace las cosas bien y empieza a pasar por encima de la división”, sentencia el promotor, “va a ser una de las mayores estrellas del deporte”.

El primer examen se llama Damian Knyba (17-1, 11 KOs), un peso pesado enorme incluso para los estándares de la categoría, con una envergadura de 86 pulgadas. Llega tras la única derrota de su carrera profesional, un nocaut en enero a manos del alemán Kabayel, pelea en la que tuvo momentos prometedores antes de que el árbitro la detuviera en el tercer asalto. En la última conferencia de prensa, Knyba presentó aquella caída como prueba de que puede competir al máximo nivel y aseguró que espera “la versión más hambrienta y la mejor de Andy Ruiz”. Se espera una nutrida colonia polaca en Newark, como en los tiempos en que Tomasz Adamek convertía la ciudad en una caldera.

El “mata gigantes” contra otro gigante

Para Ruiz (35-2-1, 22 KOs), la diferencia de tamaño es territorio conocido. Con 1,85m, ha pasado toda su carrera mirando hacia arriba a pesos pesados con físicos más ortodoxos.

“[Knyba] es un gigante”, resume. “Por eso me llaman el mata gigantes, porque siempre soy el tipo pequeño peleando contra estos tipos grandes, muy grandes. Pero por alguna razón eso me funciona”.

El emparejamiento también responde a una lógica clara: a estas alturas, un rival cómodo no le sirve de nada. No hay tiempo para peleas de trámite que no respondan a la pregunta esencial: ¿qué le queda a Andy Ruiz?

Hearn lo expresó sin adornos: “Si tienes la ambición real de hacer lo que dices que quieres hacer, que es ir y ganar de nuevo el título mundial de los pesos pesados, tienes que vencer a tipos como este”.

Ruiz aprendió hace siete años que un boxeador solo puede desperdiciar cierto número de mañanas antes de que se acaben. Hoy, con 36, de nuevo en forma y con el pasado mirándolo de reojo desde la pantalla del recuerdo, está a punto de descubrir cuántas le quedan.