Alexander Zverev alcanza su segunda final del US Open
NUEVA YORK – Alexander Zverev ha dejado de ser una promesa para convertirse en una certeza incómoda para todo el circuito. En la noche neoyorquina del 11 de septiembre, el alemán se abrió paso a su segunda final del US Open al derrotar a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7), 7-6 (8-6), un marcador en tres sets que esconde un duelo tenso, espeso por momentos y decidido en los detalles.
Llega a Flushing Meadows con el aura de campeón de Roland Garros y con un dato que impone respeto: tercera final de Grand Slam consecutiva, cuarta en total, y una racha de 24 victorias y solo 2 derrotas en los grandes esta temporada. El tenis de Zverev ya no es un proyecto; es un hábito.
De la maratón al rodillo
El arranque de su torneo hacía presagiar otra cosa. Cinco sets en cada uno de sus dos primeros partidos, desgaste prematuro, dudas sobre el físico. Desde entonces, cuatro victorias seguidas sin ceder un solo set. El guion ha cambiado de golpe.
Ante Khachanov, Zverev marcó territorio desde el inicio. Dominó con el saque, tomó la iniciativa desde el fondo y castigó cualquier bola corta. El 6-3 del primer set reflejó una superioridad clara: rompió primero, administró la ventaja y no ofreció resquicios con su servicio.
El ruso, sin embargo, no viajó a Nueva York para hacer de figurante. En el segundo parcial ajustó la mira, soltó más el brazo y empezó a encontrar profundidad con su derecha. Zverev mantenía el control hasta que, por fin, se quebró una estadística que parecía blindada: se acabó la racha de 37 juegos de servicio consecutivos sin ser roto en este US Open. Khachanov logró el break y encendió el partido.
Dos tie-breaks, una sola sangre fría
El segundo set desembocó en un desempate que resumió la noche: intercambios largos, tensión en cada punto y un margen mínimo entre el acierto y el error. El tie-break se alargó 14 minutos, una eternidad a esas alturas, con el ruso amagando con cambiar la historia del duelo.
Cuando el pulso subió, Zverev se mantuvo firme. Sujetó el revés, se atrevió con el primero de saque en los momentos límite y dejó que fueran los errores de Khachanov quienes dictaran sentencia. El 9-7 en el desempate le dio un 2-0 que pesó como una losa sobre el ruso.
El tercer set calcó la estructura del segundo. Khachanov, sin nada que perder, golpeó primero en el tie-break y coqueteó con alargar la noche. Otra vez, el alemán respondió. Ajustó las líneas, dio un paso adelante en pista y forzó al ruso a jugar siempre una bola más. Del 4-2 favorable a Khachanov se pasó a un 8-6 para Zverev, que cerró el partido con la frialdad de quien ya ha estado en estas alturas muchas veces.
Con esta victoria, el alemán suma su séptimo triunfo en diez enfrentamientos directos con Khachanov. Dominio claro en el cara a cara, reafirmado en el escenario más grande.
Una cuenta pendiente en Nueva York
Cuatro años después de aquella final perdida en 2020 ante Dominic Thiem, Zverev regresa al partido que define el título en Flushing Meadows. Entonces se le escapó un Grand Slam que parecía suyo. Hoy vuelve más maduro, más completo y con un palmarés que ya incluye Roland Garros.
La estadística le acompaña. El 24-2 en partidos de Grand Slam esta temporada habla de regularidad, de resistencia y de un jugador que ha encontrado la fórmula en las dos semanas más exigentes del calendario.
En la final del 12 de septiembre le espera el ganador de la semifinal totalmente estadounidense entre Frances Tiafoe y Ben Shelton. Dos estilos distintos, dos atmósferas posibles: el carisma eléctrico de Tiafoe o la potencia desbordante de Shelton. Lo que no cambia es el escenario: un Arthur Ashe preparado para dictar sentencia sobre si Zverev está, por fin, listo para su segundo grande.
La pregunta ya no es si puede. Es si alguien será capaz de detener a un jugador que ha convertido los Grand Slams en su hábitat natural.






