Alex de Minaur brilla en la Copa Davis y se reconcilia con el tenis
Alex de Minaur necesitaba aire. Lo encontró en Brisbane, en una pista que conoce, rodeado de un público que lo adora. Y lo demostró con una victoria contundente: 6-3, 6-0 a Maks Kasnikowski para abrir con autoridad la serie de Copa Davis entre Australia y Polonia en el Pat Rafter Arena.
No fue solo el marcador. Fue la forma.
El polaco, número 231 del mundo, aguantó el pulso durante 35 minutos en el primer set, se agarró a cada intercambio y obligó al australiano a trabajar. Pero en cuanto De Minaur ajustó el ritmo, el partido cambió de temperatura. El segundo parcial duró apenas 20 minutos. Un rosco que sonó a desahogo.
Cada punto importante venía acompañado de un gesto al público, un grito, un puño cerrado. De Minaur no se limitó a celebrar: se dedicó a encender a una grada llena que llevaba tiempo esperando verlo en este contexto.
“Jugamos fuera de Australia diez meses al año, así que no tenemos muchas oportunidades de jugar aquí delante de una grada llena”, recordó después. “Fue una gran atmósfera y la había echado de menos”.
Un año duro para un top 10
El contraste con su temporada es evidente. Noveno del mundo en el ranking ATP, pero solo decimotercero en la carrera a las ATP Finals. Los números cuentan la historia de uno de sus años más complicados en tiempos recientes, maquillado apenas por la alegría personal de su boda con la británica Katie Boulter.
En los grandes, el balance ha sido discreto para sus estándares. Alcanzó los cuartos de final en el Australian Open, donde cayó ante el posterior campeón Carlos Alcaraz. Después, derrotas ante rivales peor clasificados en París, Londres y Nueva York. En el US Open se marchó en segunda ronda ante Botic van de Zandschulp, número 70, apenas su segunda eliminación tan temprana en un Grand Slam desde 2023.
Todo en un torneo sin el número uno Jannik Sinner y con Carlos Alcaraz regresando de una lesión de muñeca. El escenario parecía ideal para dar un salto. Terminó en frustración. Otra vez.
Las imágenes se repiten: De Minaur cabizbajo, explicando una eliminación prematura cuando en los últimos años se había acostumbrado a ser fijo en las últimas rondas.
El desgaste no se limitó a los majors. En los Masters encadenó tres derrotas en su debut. Y la única vez que alcanzó los cuartos, ante Valentin Vacherot, terminó perdiendo puntos de ranking porque defendía una semifinal de 2025. Golpe tras golpe.
La Copa Davis como refugio
La buena noticia para él es que el calendario no espera a nadie. Y eso, para un competidor como De Minaur, es una oportunidad constante de resurrección.
La Copa Davis llega en el momento justo. Una pista rápida, público local, un formato que lo obliga a jugar no solo por sí mismo, sino por el equipo. Justo lo que necesitaba.
“Sé que el tenis está ahí, no se ha ido a ninguna parte. Solo tengo que dar un paso al frente y seguir haciendo lo que estoy haciendo”, afirmó, con un tono más desafiante que resignado.
En Brisbane se vio a un jugador distinto al de las últimas semanas del circuito. Más suelto, más agresivo, más expresivo. El contexto ayuda. Él mismo lo reconoce: “Es un entorno diferente y creo que prospero en este tipo de entornos, en competiciones por equipos. Es un poco distinto al día a día del circuito”.
La presión cambia de forma. No desaparece, se transforma. “La presión es distinta. Diría que probablemente es mayor en los eventos por equipos porque no juegas solo por ti, juegas por los chicos que tienes al lado, y creo que eso saca lo mejor de mí”.
Mirando a Londres
Tras la Copa Davis llegará la Laver Cup en Londres, otro escenario de equipo, otra pista grande donde De Minaur asumirá galones. Liderará a Team World frente a Europa, un rol que encaja con su carácter competitivo y su energía inagotable.
Él mismo ve este tramo como una rampa de lanzamiento: un “springboard” que lo devuelva “a donde quiero estar”. No suena a consigna vacía. Su tenis, como él dice, no ha desaparecido. Lo que ha faltado es continuidad, confianza, la sensación de que los grandes escenarios vuelven a jugar a su favor.
En Brisbane, por primera vez en meses, esa sensación regresó. El público lo empujó, él respondió. La combinación funcionó.
Si este tramo de temporada de equipo consigue reactivar al número uno australiano, el año que parecía perdido puede convertirse en el punto de inflexión de un jugador que, a los 27 años, aún siente que su techo está por escribirse.






