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Adam Walton: del hipódromo a la Copa Davis

En Home Hill, un pequeño pueblo del norte de Queensland donde el calor aprieta y el rugby liga manda, nadie imaginaba que un día uno de sus chicos acabaría con la bandera australiana en el pecho, a un paso de debutar en la Copa Davis.

Adam Walton, 27 años, número 93 del mundo, está a punto de cumplir un sueño que, en realidad, nunca soñó de niño.

Un niño entre caballos y raquetas

La escena se repite en la memoria: dos hermanos, Adam y Jack, cruzando el hipódromo de Home Hill con las raquetas en la mano, esperando a que pasen los caballos para no asustarlos antes de llegar a las pistas de tenis situadas en el interior del circuito.

Allí empezó todo.

“Mi hermano es 15 meses mayor que yo; éramos muy competitivos creciendo. No era solo tenis, era cualquier deporte. Incluso jugábamos a ‘piedra, papel o tijera’ para ver quién fregaba los platos”, recuerda Walton.

Probó de todo: rugby liga, natación, cualquier disciplina que cayera en sus manos. A los cinco años agarró por primera vez una raqueta. No era el típico prodigio australiano que arrasa en categorías inferiores. No aparecía en los radares, no viajaba a los junior slams, no encabezaba rankings juveniles.

“De pequeño no soñaba con ser tenista. Nunca fui un gran júnior australiano; nunca viajé a los junior slams”, admitió antes de Roland Garros este año.

El desvío que cambió su carrera

Mientras muchos de sus compatriotas se lanzaban de lleno al circuito júnior profesional y al ITF World Tennis Tour Juniors, Walton eligió una ruta que pocos señalan como “la correcta” cuando se habla de alta competición.

Se fue a la universidad.

Aceptó la oportunidad de estudiar y competir en la University of Tennessee, en Estados Unidos. Lejos de casa, lejos de los focos, fue puliendo su juego y, sobre todo, su carácter.

“Con 18 años no habría sido bueno intentando jugar tenis profesional”, reconoce. “Siempre he sido un poco de desarrollo tardío; necesitaba crecer física y mentalmente. Cuando terminé la universidad, estaba definitivamente listo”.

El tiempo le dio la razón. En apenas dos años como profesional, rompió la barrera del top 100 del ranking ATP en individuales. Sin ruido, sin grandes titulares, pero con resultados.

De Medvedev a Brisbane: la confirmación

La confirmación de que Walton ya no era solo una bonita historia alternativa llegó en la tierra batida de París. En Roland Garros, se sentó frente a un ex número uno del mundo, Daniil Medvedev, y no se encogió. Le ganó en cinco sets. Un triunfo que le abrió puertas, le dio confianza y lo colocó en el mapa para siempre.

A partir de ahí, la progresión se volvió constante: cinco títulos individuales y cuatro de dobles en el Challenger Tour, una hoja de servicios que habla de regularidad y ambición.

La recompensa más simbólica acaba de llegar: la llamada para formar parte del equipo australiano de Copa Davis.

“Juegue yo o juegue quien juegue, haré lo mejor para Australia y no puedo esperar para hacerlo aquí en Brisbane también”, afirma.

Un debut soñado en casa

El escenario no podía ser más redondo. Australia se mide a Polonia este sábado y domingo en la Pat Rafter Arena de Brisbane. Para Walton, que creció a más de 1.200 kilómetros al norte, en Home Hill, es casi un círculo que se cierra: del hipódromo polvoriento a una de las pistas más importantes del país, con la chaqueta verde y dorada sobre los hombros.

No es la trayectoria pulida de un prodigio precoz. Es la historia de un “late bloomer” que se negó a forzar etapas, que eligió madurar lejos de los focos y que ahora se presenta en la Copa Davis con algo que no se entrena: la sensación de haber aprovechado cada desvío del camino.

La pregunta ya no es cómo llegó hasta aquí. La verdadera incógnita es hasta dónde puede llegar ahora que, por fin, el mundo del tenis lo mira de frente.