El 100º duelo entre Millwall y West Ham: historia y rivalidad
En el Den, el sábado no fue solo otro partido. Fue el 100º duelo oficial entre Millwall y West Ham, el primero en 14 años, y una nueva página en una rivalidad que nació entre grúas, humo y agua gris del Támesis.
Dos orillas, un mismo origen
Los separa el río, los une la misma historia. A finales del siglo XIX, cuando Londres aún olía a carbón y metal caliente, Millwall vivía en la Isle of Dogs y Thames Ironworks —el embrión de West Ham— se levantaba alrededor de Canning Town. Antes de que Millwall cruzara el río hacia New Cross en 1910, ambos clubes estaban al norte del Támesis, apenas a poco más de tres kilómetros de distancia.
Entonces, Millwall no era Millwall. Eran los Dockers. West Ham, los Irons. Dos apodos que no son simple folklore: hablan de hombres que se jugaban el jornal cada mañana en los muelles, sin garantías, compitiendo por un día de trabajo que podía no llegar nunca. Ese mundo levantó una cultura de dureza, lealtad y esfuerzo que todavía hoy forma parte del relato con el que ambos clubes se miran al espejo.
Con tanta historia acumulada, separar el mito del archivo resulta complicado. Una de las leyendas más persistentes sitúa el origen del odio en la Huelga General de 1926: los trabajadores portuarios de West Ham habrían apoyado el paro, mientras que los de Millwall se habrían mantenido al margen. Los historiadores David Sullivan y Brian Belton desmontan esa versión. Belton sostiene que los muelles de Millwall secundaron con firmeza la huelga y que solo unos pocos obreros rompieron filas en la zona de Canning Town. Aun así, el relato ha sobrevivido casi un siglo y se ha incrustado en la mitología del derbi.
Del Dockers Derby al miedo a los años 70
Los caminos de ambos clubes se cruzaron por primera vez en la década de 1890, cuando Millwall Athletic se enfrentó a Thames Ironworks. Belton pide cuidado: no conviene tratar a Thames como un simple “West Ham primitivo”. Aquel equipo de empresa se disolvió antes de que el club actual naciera en 1900. Sullivan y Belton también cuestionan la idea de un Dockers Derby “antiquísimo” y lineal. Buena parte de la hostilidad que hoy rodea al duelo se cocinó más tarde, sobre todo en los años 70.
Ahí están los hitos oscuros. El testimonial de Harry Cripps en 1972, que terminó con graves disturbios pese a que el defensa era querido en las dos hinchadas. En 1976, un aficionado de Millwall murió al caer de un tren, con sospechas de implicación de seguidores de West Ham. Cuando ambos volvieron a verse las caras en partido oficial en 1978, tras un largo paréntesis, la violencia regresó con ellos.
No fue casualidad. Mientras el enfrentamiento se endurecía, el mundo que los había creado se desmoronaba. Los muelles de Londres cerraban, las industrias tradicionales echaban a la calle a decenas de miles de trabajadores y los barrios que vivían de ese pulso industrial se hundían en el desempleo y la incertidumbre. Sería simplista trazar una línea recta entre decadencia industrial y hooliganismo, pero ambas curvas crecieron en paralelo. El fútbol se convirtió en el escenario donde seguir marcando territorio, masculinidad, pertenencia y orgullo local cuando otras instituciones que daban identidad se iban apagando.
Los años 80, los 90 y los primeros 2000 añadieron capítulos esporádicos pero memorables. El más célebre, y quizá el más siniestro, llegó en Upton Park en 2009: un duelo de League Cup convertido en campo de batalla, con peleas en las calles, un apuñalamiento y varias invasiones de campo. Sus dos encuentros en Championship en 2011-12 pasaron sin nada comparable a aquel caos. Después, silencio competitivo hasta esta temporada.
Un día de alta tensión… y comunidad
Ambos clubes arrastran fama de violencia, amplificada por películas como ID o Green Street. El Dockers Derby alimenta esa imagen. En la previa del sábado, las redes sociales ardieron con los habituales mensajes incendiarios, pero el ambiente general apuntaba a una jornada controlada. Y, en gran medida, así fue.
La desconfianza hacia los periodistas, incluidos los fotógrafos, se notaba en las dos aficiones. Hubo advertencias, miradas recelosas, alguna palabra gruesa. Pero fue una minoría ruidosa. Mucho más visible resultó la otra cara: la fuerza del tejido comunitario alrededor de los clubes, la cercanía, el calor de la mayoría de seguidores que se paraban a hablar, a dejarse fotografiar, a compartir algo más que un resultado.
El dispositivo era de partido grande. Emisión en directo por ITV, horario adelantado a las 12.30 para recortar el margen de alcohol previo y un despliegue policial de unos 400 agentes. West Ham solo recibió 1.774 entradas en un estadio con unas 20.000 personas. La mayoría de sus aficionados optó por la discreción: pocas camisetas, pocos colores visibles. La ruta también estaba marcada: London Bridge, South Bermondsey y de ahí, escoltados, al fondo visitante.
Un 2-2 que deja cicatriz
Sobre el césped, el guion no respetó la clasificación. West Ham llegó al Den como líder y con un reciente 6-0 ante Wrexham en la mochila. Millwall, golpeado por las lesiones, no se dejó impresionar. Los locales mandaron en casi toda la primera parte y se marcharon al descanso con un 2-0 que sonaba a reivindicación.
El líder, herido, reaccionó. West Ham fue encontrando caminos, ganando metros, imponiendo su calidad. El reloj empezó a correr a su favor. A falta de 10 minutos, llegó el empate. El estadio explotó. Cada gol había desatado una descarga eléctrica en las gradas, pero el 2-2 fue el único momento en que el ambiente pareció rozar el desborde. Se pidió refuerzo policial, los nervios subieron un grado.
Y entonces, casi al final, la jugada que aún se discute en los alrededores del Den. Minuto 89. Kyrell Lisbie se escapa, ve portería, huele el gol. Mohamadou Kanté lo derriba. Roja directa. Millwall reclama que ahí se fue la victoria. El árbitro ve una ocasión manifiesta de gol cortada en seco. Lo que pudo ser un 3-2 se quedó en nada. El marcador no se movió más: 2-2, un resultado del que ambos pueden sacar motivos para el enfado y también para el consuelo.
Fuera del estadio, la tensión se desinfló rápido. Hubo algunos encontronazos breves entre aficionados de Millwall y la policía, pero se apagaron enseguida. En cuestión de minutos, la escena cambió de tono: chavales esperando autógrafos, grupos de seguidores repasando jugadas, discutiendo la roja, reconstruyendo el partido a su manera.
Una rivalidad que pelea por un mismo espejo
Visto desde fuera, Millwall y West Ham se parecen más de lo que les gustaría admitir. Muchos hinchas tienen amigos o familia “al otro lado”. Los dos clubes beben de los mismos valores de un Londres obrero: dureza, lealtad, autenticidad. Y, sin embargo, cuando se cruzan, la animadversión entre sectores de las dos aficiones sigue siendo muy real.
Ahí está parte del secreto de la intensidad de este duelo. No es solo un partido por puntos. Es una pugna por representar un mismo paisaje social, una misma cultura, una misma memoria de barrio. Por reclamar quién encarna de forma más genuina esa identidad.
Millwall y West Ham ya se han enfrentado en tres siglos distintos. Los muelles que dieron nombre al Dockers Derby casi han desaparecido. Los clubes se han alejado geográficamente. Los choques oficiales son cada vez más escasos. Pero la batalla por lo que cada uno dice ser, por diferenciarse del vecino aunque compartan raíces, sigue intacta.
Y mientras el Támesis sigue corriendo entre ellos, la pregunta permanece: ¿quién contará la próxima vez esta historia desde el lado ganador del río?






